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Dimensiones de la Formación Sacerdotal
a. Humana
b. Espiritual
c. Intelectual
d. Pastoral
La
formación para el ministerio presbiteral tiene varias dimensiones:
humana, espiritual, intelectual y pastoral, que están íntimamente
unidas entre sí. En el proceso formativo del Seminario
no deben considerarse, de ningún modo, como elementos independientes
o capítulos sucesivos. Todas ellas han de estar simultáneamente
presentes a lo largo de dicho proceso y, sobre la base de la formación
espiritual, guardan entre sí una perfecta armonía
y unidad pedagógica.
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La
formación humana,
fundamento de toda la formación sacerdotal
«Sin
una adecuada formación humana, toda la formación
sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario».
Esta afirmación de los Padres sinodales expresa no solamente
un dato sugerido diariamente por la razón y comprobado
por la experiencia, sino una exigencia que encuentra sus motivos
más profundos y específicos en la naturaleza misma
del presbítero y de su ministerio.
El
presbítero, llamado a ser «imagen viva» de
Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, debe procurar reflejar
en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección
humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se transparenta
con singular eficacia en sus actitudes hacia los demás,
tal como nos las presentan los evangelistas. Además, el
ministerio del sacerdote consiste en anunciar la Palabra, celebrar
el Sacramento, guiar en la caridad a la comunidad cristiana «personificando
a Cristo y en su nombre», pero todo esto dirigiéndose
siempre y sólo a hombres concretos: «Todo Sumo Sacerdote
es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de
los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5, 1). Por
esto la formación humana del sacerdote expresa una particular
importancia en relación con los destinatarios de su misión:
precisamente para que su ministerio sea humanamente lo más
creíble y aceptable, es necesario que el sacerdote plasme
su personalidad humana de manera que sirva de puente y no de obstáculo
a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del
hombre; es necesario que, a ejemplo de Jesús que «conocía
lo que hay en el hombre» (Jn 2, 25; cf. 8, 3-11), el sacerdote
sea capaz de conocer en profundidad el alma humana, intuir dificultades
y problemas, facilitar el encuentro y el diálogo, obtener
la confianza y colaboración, expresar juicios serenos y
objetivos.
Por
tanto, no sólo para una justa y necesaria maduración
y realización de sí mismo, sino también con
vistas a su ministerio, los futuros presbíteros deben cultivar
una serie de cualidades humanas necesarias para la formación
de personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces
de llevar el peso de las responsabilidades pastorales. Se hace
así necesaria la educación a amar la verdad, la
lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la justicia,
la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión,
la coherencia y, en particular, el equilibrio de juicio y de comportamiento.
Un programa sencillo y exigente para esta formación lo
propone el apóstol Pablo a los Filipenses: «Todo
cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable,
de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo
eso tenedlo en cuenta» (Flp 4, 8). Es interesante señalar
cómo Pablo se presenta a sí mismo como modelo para
sus fieles precisamente en estas cualidades profundamente humanas:
«Todo cuanto habéis aprendido -- sigue diciendo --
y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra»
(Flp 4, 9).
De
particular importancia es la capacidad de relacionarse con los
demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido
llamado a ser responsable de una comunidad y «hombre de
comunión». Esto exige que el sacerdote no sea arrogante
ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus
palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso
y disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente
y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto
a comprender, perdonar y consolar (cf. 1 Tim 3, 1-5; Tit 1, 7-9).
La humanidad de hoy, condenada frecuentemente a vivir en situaciones
de masificación y soledad sobre todo en las grandes concentraciones
urbanas, es sensible cada vez más al valor de la comunión:
éste es hoy uno de los signos más elocuentes y una
de las vías más eficaces del mensaje evangélico.
En
dicho contexto se encuadra, como cometido determinante y decisivo,
la formación del candidato al sacerdocio en la madurez
afectiva, como resultado de la educación al amor verdadero
y responsable.
La
madurez afectiva supone ser conscientes del puesto central del
amor en la existencia humana. En realidad, como señalé
en la encíclica Redemptor hominis, «el hombre no
puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo
un ser incomprensible, su vida está privada de sentido
si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si
no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él
vivamente».
Se
trata de un amor que compromete a toda la persona, a nivel físico,
psíquico y espiritual, y que se expresa mediante el significado
«esponsal» del cuerpo humano, gracias al cual una
persona se entrega a otra y la acoge. La educación sexual
bien entendida tiende a la comprensión y realización
de esta verdad del amor humano. Es necesario constatar una situación
social y cultural difundida que «"banaliza" en
gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive
de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente
con el cuerpo y el placer egoísta». Con frecuencia
las mismas situaciones familiares, de las que proceden las vocaciones
sacerdotales, presentan al respecto no pocas carencias y a veces
incluso graves desequilibrios.
En
un contexto tal se hace más difícil, pero también
más urgente, una educación en la sexualidad que
sea verdadera y plenamente personal y que, por ello, favorezca
la estima y el amor a la castidad, como «virtud que desarrolla
la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar
y promover el "significado esponsal" del cuerpo».
Ahora
bien, la educación para el amor responsable y la madurez
afectiva de la persona son muy necesarias para quien, como el
presbítero, está llamado al celibato, o sea, a ofrecer,
con la gracia del Espíritu y con la respuesta libre de
la propia voluntad, la totalidad de su amor y de su solicitud
a Jesucristo y a la Iglesia. A la vista del compromiso del celibato,
la madurez afectiva ha de saber incluir, dentro de las relaciones
humanas de serena amistad y profunda fraternidad, un gran amor,
vivo y personal, a Jesucristo. Como han escrito los Padres sinodales,
«al educar para la madurez afectiva, es de máxima
importancia el amor a Jesucristo, que se prolonga en una entrega
universal. Así, el candidato llamado al celibato, encontrará
en la madurez afectiva una base firme para vivir la castidad con
fidelidad y alegría».
Puesto
que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y
probado, deja intactas las inclinaciones de la afectividad y los
impulsos del instinto, los candidatos al sacerdocio necesitan
una madurez afectiva que capacite a la prudencia, a la renuncia
a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia sobre
el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en las relaciones
interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá
hallarse en una adecuada educación para la verdadera amistad,
a semejanza de los vínculos de afecto fraterno que Cristo
mismo vivió en su vida (cf. Jn 11, 5).
La
madurez humana, y en particular la afectiva, exigen una formación
clara y sólida para una libertad, que se presenta como
obediencia convencida y cordial a la «verdad» del
propio ser, al significado de la propia existencia, o sea, al
«don sincero de sí mismo», como camino y contenido
fundamental de la auténtica realización personal.
Entendida así, la libertad exige que la persona sea verdaderamente
dueña de sí misma, decidida a combatir y superar
las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan
a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás,
generosa en la entrega y en el servicio al prójimo. Esto
es importante para la respuesta que sé ha de dar a la vocación,
y en particular a la sacerdotal, y para ser fieles a la misma
y a los compromisos que lleva consigo, incluso en los momentos
difíciles. En este proceso educativo hacia una madura libertad
responsable puede ser de gran ayuda la vida comunitaria del Seminario.
Íntimamente
relacionada con la formación para la libertad responsable
está también la educación de la conciencia
moral; la cual, al requerir desde la intimidad del propio «yo»
la obediencia a las obligaciones morales, descubre el sentido
profundo de esa obediencia, a saber, ser una respuesta consciente
y libre -- y, por tanto, por amor -- a las exigencias de Dios
y de su amor. «La madurez humana del sacerdote --- afirman
los Padres sinodales--- debe incluir especialmente la formación
de su conciencia. En efecto, el candidato, para poder cumplir
sus obligaciones con Dios y con la Iglesia y guiar con sabiduría
las conciencias de los fieles, debe habituarse a escuchar la voz
de Dios, que le habla en su corazón, y adherirse con amor
y firmeza a su voluntad».
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La
formación espiritual:
en comunión con Dios y a la búsqueda de Cristo
La
misma formación humana, si se desarrolla en el contexto
de una antropología que abarca toda la verdad sobre el
hombre, se abre y se completa en la formación espiritual.
Todo hombre, creado por Dios y redimido con la sangre de Cristo,
está llamado a ser regenerado «por el agua y el Espíritu»
(cf. Jn 3, 5) y a ser «hijo en el Hijo». En este designio
eficaz de Dios está el fundamento de la dimensión
constitutivamente religiosa del ser humano, intuida y reconocida
también por la simple razón: el hombre está
abierto a lo trascendente, a lo absoluto; posee un corazón
que está inquieto hasta que no descanse en el Señor.
De
esta exigencia religiosa fundamental e irrenunciable arranca y
se desarrolla el proceso educativo de una vida espiritual entendida
como relación y comunión con Dios. Según
la revelación y la experiencia cristiana, la formación
espiritual posee la originalidad inconfundible que proviene de
la «novedad» evangélica. En efecto, «es
obra del Espíritu y empeña a la persona en su totalidad;
introduce en la comunión profunda con Jesucristo, buen
Pastor; conduce a una sumisión de toda la vida al Espíritu,
en una actitud filial respecto al Padre y en una adhesión
confiada a la Iglesia. Ella se arraiga en la experiencia de la
cruz para poder llevar, en comunión profunda, a la plenitud
del misterio pascual».
Como
se ve, se trata de una formación espiritual común
a todos los fieles, pero que requiere ser estructurada según
los significados y características que derivan de la identidad
del presbítero y de su ministerio. Así como para
todo fiel la formación espiritual debe ser central y unificadora
en su ser y en su vida de cristiano, o sea, de criatura nueva
en Cristo que camina en el Espíritu, de la misma manera,
para todo presbítero la formación espiritual constituye
el centro vital que unifica y vivifica su ser sacerdote y su ejercer
el sacerdocio. En este sentido, los Padres del Sínodo afirman
que «sin la formación espiritual, la formación
pastoral estaría privada de fundamento» y que la
formación espiritual constituye «un elemento de máxima
importancia en la educación sacerdotal».
El
contenido esencial de la formación espiritual, dentro del
itinerario bien preciso hacia el sacerdocio, está expresado
en el decreto conciliar Optatam totius: «La formación
espiritual... debe darse de tal forma que los alumnos aprendan
a vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo
en el Espíritu Santo. Habiendo de configurarse a Cristo
Sacerdote por la sagrada ordenación, habitúense
a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo
de toda su vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera
que sepan iniciar en él al pueblo que ha de encomendárseles.
Enséñeseles a buscar a Cristo en la fiel meditación
de la Palabra de Dios, en la activa comunicación con los
sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía
y el Oficio divino; en el Obispo, que los envía, y en los
hombres a quienes son enviados, principalmente en los pobres,
los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos.
Amen y veneren con filial confianza a la Santísima Virgen
María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó
como madre al discípulo».
El
texto conciliar merece una meditación detenida y amorosa,
de la que fácilmente se pueden sacar algunos valores y
exigencias fundamentales del camino espiritual del candidato al
sacerdocio.
Se
requiere, ante todo, el valor y la exigencia de «vivir íntimamente
unidos» a Jesucristo. La unión con el Señor
Jesús, fundada en el Bautismo y alimentada con la Eucaristía,
exige que sea expresada en la vida de cada día, renovándola
radicalmente. La comunión íntima con la Santísima
Trinidad, o sea, la vida nueva de la gracia que hace hijos de
Dios, constituye la «novedad» del creyente: una novedad
que abarca el ser y el actuar. Constituye el «misterio»
de la existencia cristiana que está bajo el influjo del
Espíritu; en consecuencia, debe encarnar el «ethos»
de la vida del cristiano. Jesús nos ha enseñado
este maravilloso contenido de la vida cristiana, que es también
el centro de la vida espiritual, con la alegoría de la
vid y los sarmientos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre
es el viñador... Permaneced en mí, como yo en vosotros.
Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo,
si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis
en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece
en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque
separados de mí no podéis hacer nada» (Jn
15, 1. 4-5).
Cierto
que, en la cultura actual, no faltan valores espirituales y religiosos,
y el hombre --- a pesar de toda apariencia contraria --- sigue
siendo incansablemente un hambriento y sediento de Dios. Pero
con frecuencia la religión cristiana corre el peligro de
ser considerada como una religión entre tantas o quedar
reducida a una pura ética social al servicio del hombre.
En efecto, no siempre aparece su inquietante novedad en la historia:
es «misterio»; es el acontecimiento del Hijo de Dios
que se hace hombre y da a cuantos lo acogen el «poder de
hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12); es el anuncio, más
aún, el don de una alianza personal de amor y de vida de
Dios con el hombre. Los futuros sacerdotes solamente podrán
comunicar a los demás este anuncio sorprendente y gratificante
si, a través de una adecuada formación espiritual,
logran el conocimiento profundo y la experiencia creciente de
este «misterio» (cf. 1 Jn 1, 1-4).
El
texto conciliar, aun consciente de la absoluta trascendencia del
misterio cristiano, relaciona la íntima comunión
de los futuros presbíteros con Jesús con una forma
de amistad. No es ésta una pretensión absurda del
hombre. Es simplemente el don inestimable de Cristo, que dice
a sus apóstoles: «No os llamo ya siervos, porque
el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado
amigos, porque todo lo que oído a mi Padre os lo he dado
a conocer» (Jn 15, 15).
El
texto conciliar prosigue indicando un segundo gran valor espiritual:
la búsqueda de Jesús. «Enséñeseles
a buscar a Cristo». Es éste, junto al quaerere Deum,
un tema clásico de la espiritualidad cristiana, que encuentra
su aplicación específica precisamente en el contexto
de la vocación de los apóstoles. Juan, cuando nos
narra el seguimiento por parte de los dos primeros discípulos,
muestra el lugar que ocupa esta «búsqueda».
Es el mismo Jesús el que pregunta: «¿Qué
buscáis?» Y los dos responden: «Rabbí...
¿Dónde vives?» Sigue el evangelista: «Les
respondió: "Venid y lo veréis". Fueron,
pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él
aquel día» (Jn 1, 37-39). En cierto modo la vida
espiritual del que se prepara al sacerdocio está dominada
por esta búsqueda: por ella y por el «encuentro»
con el Maestro, para seguirlo, para estar en comunión con
Él. También en el ministerio y en la vida sacerdotal
deberá continuar esta «búsqueda», pues
es inagotable el misterio de la imitación y participación
en la vida de Cristo. Así como también deberá
continuar este «encontrar» al Maestro, para poder
mostrarlo a los demás y, mejor aún, para suscitar
en los demás el deseo de buscar al Maestro. Pero esto es
realmente posible si se propone a los demás una «experiencia»
de vida, una experiencia que vale la pena compartir. Éste
ha sido el camino seguido por Andrés para llevar a su hermano
Simón a Jesús: Andrés, escribe el evangelista
Juan, «se encuentra primeramente con su hermano Simón
y le dice: "Hemos encontrado al Mesías" --- que
quiere decir Cristo ---. Y le llevó donde Jesús»
(Jn 1, 41-42). Y así también Simón es llamado
--- como apóstol--- al seguimiento de Cristo: «Jesús,
al verlo, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo
de Juan; en adelante te llamarás Cefas" ---que quiere
decir, "Pedro"---» (Jn 1, 42).
Pero,
¿qué significa, en la vida espiritual, buscar a
Cristo? y ¿dónde encontrarlo? «Maestro, ¿dónde
vives?» El decreto conciliar Optatam totius parece indicar
un triple camino: la meditación fiel de la palabra de Dios,
la participación activa en los sagrados misterios de la
Iglesia, el servicio de la caridad a los «más pequeños».
Se trata de tres grandes valores y exigencias que nos delimitan
ulteriormente el contenido de la formación espiritual del
candidato al sacerdocio.
Elemento
esencial de la formación espiritual es la lectura meditada
y orante de la Palabra de Dios (lectio divina); es la escucha
humilde y llena de amor que se hace elocuente. En efecto, a la
luz y con la fuerza de la Palabra de Dios es como puede descubrirse,
comprenderse, amarse y seguirse la propia vocación; y también
cumplirse la propia misión, hasta tal punto que toda la
existencia encuentra su significado unitario y radical en ser
el fin de la Palabra de Dios que llama al hombre, y el principio
de la palabra del hombre que responde a Dios. La familiaridad
con la Palabra de Dios facilitará el itinerario de la conversión,
no solamente en el sentido de apartarse del mal para adherirse
al bien, sino también en el sentido de alimentar en el
corazón los pensamientos de Dios, de forma que la fe, como
respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio
y valoración de los hombres y de las cosas, de los acontecimientos
y problemas.
Pero
es necesario acercarse y escuchar la Palabra de Dios tal como
es, pues hace encontrar a Dios mismo, a Dios que habla al hombre;
hace encontrar a Cristo, el Verbo de Dios, la Verdad que a la
vez es Camino y Vida (cf. Jn 14, 6). Se trata de leer las «escrituras»
escuchando las «palabras», la «Palabra»
de Dios, como nos recuerda el Concilio: «La Sagrada Escritura
contiene la Palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente
Palabra de Dios».(138) Y el mismo Concilio: «En esta
revelación Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1,17),
movido de amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33,
11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos
y recibirlos en su compañía».
El
conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de
Dios revisten un significado específico en el ministerio
profético del sacerdote, para cuyo cumplimiento adecuado
son una condición imprescindible, principalmente en el
contexto de la «nueva evangelización», a la
que hoy la Iglesia está llamada. El Concilio exhorta: «Todos
los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos
y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra,
han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse
"predicadores vacíos de la palabra, que no la escucha
por dentro" (San Agustín, Serm. 179, 1: PL 38, 966)».
La
forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra es la oración,
que constituye sin duda un valor y una exigencia primarios de
la formación espiritual. Ésta debe llevar a los
candidatos al sacerdocio a conocer y experimentar el sentido auténtico
de la oración cristiana, el de ser un encuentro vivo y
personal con el Padre por medio del Hijo unigénito bajo
la acción del Espíritu; un diálogo que participa
en el coloquio filial que Jesús tiene con el Padre. Un
aspecto, ciertamente no secundario, de la misión del sacerdote
es el de ser «maestro de oración». Pero el
sacerdote solamente podrá formar a los demás en
la escuela de Jesús orante, si él mismo se ha formado
y continúa formándose en la misma escuela. Esto
es lo que piden los hombres al sacerdote: «El sacerdote
es el hombre de Dios, el que pertenece a Dios y hace pensar en
Dios. Cuando la Carta a los Hebreos habla de Cristo, lo presenta
como un Sumo Sacerdote "misericordioso y fiel en lo que toca
a Dios" (Heb 2, 17)... Los cristianos esperan encontrar en
el sacerdote no sólo un hombre que los acoja, que los escuche
con gusto y les muestre una sincera amistad, sino también
y sobre todo un hombre que les ayude a mirar a Dios, a subir hacia
Él. Es preciso, pues, que el sacerdote esté formado
en una profunda intimidad con Dios. Los que se preparan para el
sacerdocio deben comprender que todo el valor de su vida sacerdotal
dependerá del don de sí mismos que sepan hacer a
Cristo y, por medio de Cristo, al Padre».
En
un contexto de agitación y bullicio como el de nuestra
sociedad, un elemento pedagógico necesario para la oración
es la educación en el significado humano profundo y en
el valor religioso del silencio, como atmósfera espiritual
indispensable para percibir la presencia de Dios y dejarse conquistar
por ella (cf. 1 Re 19, 11ss.).
El
culmen de la oración cristiana es la Eucaristía,
que a su vez es «la cumbre y la fuente» de los Sacramentos
y de la Liturgia de las Horas. Para la formación espiritual
de todo cristiano, y en especial de todo sacerdote, es muy necesaria
la educación litúrgica, en el sentido pleno de una
inserción vital en el misterio pascual de Jesucristo, muerto
y resucitado, presente y operante en los sacramentos de la Iglesia.
La comunión con Dios, soporte de toda la vida espiritual,
es un don y un fruto de los sacramentos; y al mismo tiempo es
un deber y una responsabilidad que los sacramentos confían
a la libertad del creyente, para que viva esa comunión
en las decisiones, opciones, actitudes y acciones de su existencia
diaria. En este sentido, la «gracia» que hace «nueva»
la vida cristiana es la gracia de Jesucristo muerto y resucitado,
que sigue derramando su Espíritu santo y santificador en
los sacramentos; igualmente la «ley nueva», que debe
ser guía y norma de la existencia del cristiano, está
escrita por los sacramentos en el «corazón nuevo».
Y es ley de caridad para con Dios y los hermanos, como respuesta
y prolongación del amor de Dios al hombre, significada
y comunicada por los sacramentos. Se entiende el valor de esta
participación «plena, consciente y activa»
en las celebraciones sacramentales, gracias al don y acción
de aquella «caridad pastoral» que constituye el alma
del ministerio sacerdotal.
Esto
se aplica sobre todo a la participación en la Eucaristía,
memorial de la muerte sacrificial de Cristo y de su gloriosa resurrección,
«sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de
caridad», banquete pascual en el que «Cristo es nuestra
comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se
llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura».
Ahora bien, los sacerdotes, por su condición de ministros
de las cosas sagradas, son sobre todo los ministros del Sacrificio
de la Misa: su papel es totalmente insustituible, porque sin sacerdote
no puede haber sacrificio eucarístico.
Esto
explica la importancia esencial de la Eucaristía para la
vida y el ministerio sacerdotal y, por tanto, para la formación
espiritual de los candidatos al sacerdocio. Con gran sencillez
y buscando la máxima concreción deseo repetir que
«es necesario que los seminaristas participen diariamente
en la celebración eucarística, de forma que luego
tomen como regla de su vida sacerdotal la celebración diaria.
Además, han de ser educados a considerar la celebración
eucarística como el momento esencial de su jornada, en
el que participarán activamente, sin contentarse nunca
con una asistencia meramente habitual. Fórmese también
a los aspirantes al sacerdocio según aquellas actitudes
íntimas que la Eucaristía fomenta: la gratitud por
los bienes recibidos del cielo, ya que la Eucaristía significa
acción de gracias; la actitud donante, que los lleve a
unir su entrega personal al ofrecimiento eucarístico de
Cristo; la caridad, alimentada por un sacramento que es signo
de unidad y de participación; el deseo de contemplación
y adoración ante Cristo realmente presente bajo las especies
eucarísticas».
Es
necesario y también urgente invitar a redescubrir, en la
formación espiritual, la belleza y la alegría del
Sacramento de la Penitencia. En una cultura en la que, con nuevas
y sutiles formas de autojustificación, se corre el riesgo
de perder el «sentido del pecado» y, en consecuencia,
la alegría consoladora del perdón (cf. Sal 51, 14)
y del encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef
2, 4), urge educar a los futuros presbíteros en la virtud
de la penitencia, alimentada con sabiduría por la Iglesia
en sus celebraciones y en los tiempos del año litúrgico,
y que encuentra su plenitud en el sacramento de la Reconciliación.
De aquí provienen el significado de la ascesis y de la
disciplina interior, el espíritu de sacrificio y de renuncia,
la aceptación de la fatiga y de la cruz. Se trata de elementos
de la vida espiritual, que con frecuencia se presentan particularmente
difíciles para muchos candidatos al sacerdocio, acostumbrados
a condiciones de vida de relativa comodidad y bienestar, y menos
propensos y sensibles a estos elementos a causa de modelos de
comportamiento e ideales presentados por los medios de comunicación
social, incluso en los países donde las condiciones de
vida son más pobres y la situación de los jóvenes
más austera. Por esta razón, pero sobre todo para
poner en práctica --- a ejemplo de Cristo, buen Pastor---
«la donación radical de sí mismo» propia
del sacerdote, los Padres sinodales señalan que «es
necesario inculcar el sentido de la cruz, que es el centro del
misterio pascual. Gracias a esta identificación con Cristo
crucificado, como siervo, el mundo puede volver a encontrar el
valor de la austeridad, del dolor y también del martirio,
dentro de la actual cultura imbuida de secularismo, codicia y
hedonismo».
La
formación espiritual comporta también buscar a Cristo
en los hombres.
En
efecto, la vida espiritual, es vida interior, vida de intimidad
con Dios, vida de oración y contemplación. Pero
del encuentro con Dios y con su amor de Padre de todos, nace precisamente
la exigencia indeclinable del encuentro con el prójimo,
de la propia entrega a los demás, en el servicio humilde
y desinteresado que Jesús ha propuesto a todos como programa
de vida en el lavatorio de los pies a los apóstoles: «Os
he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis
como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).
La
formación de la propia entrega generosa y gratuita, favorecida
también por la vida comunitaria seguida en la preparación
al sacerdocio, representa una condición irrenunciable para
quien está llamado a hacerse epifanía y transparencia
del buen Pastor, que da la vida (cf. Jn 10, 11.15). Bajo este
aspecto la formación espiritual tiene y debe desarrollar
su dimensión pastoral o caritativa intrínseca, y
puede servirse útilmente de una justa ---profunda y tierna,
a la vez--- devoción al Corazón de Cristo, como
han indicado los Padres del Sínodo: «Formar a los
futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón del
Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y
al afecto de Cristo, Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre
en el Espíritu Santo, a su amor a los hombres hasta inmolarse
entregando su vida».
Por
tanto, el sacerdote es el hombre de la caridad y está llamado
a educar a los demás en la imitación de Cristo y
en el mandamiento nuevo del amor fraterno (cf. Jn 15, 12). Pero
esto exige que él mismo se deje educar continuamente por
el Espíritu en la caridad del Señor. En este sentido,
la preparación al sacerdocio tiene que incluir una seria
formación en la caridad, en particular en el amor preferencial
por los «pobres», en los cuales, mediante la fe, descubre
la presencia de Jesús (cf. Mt 25, 40) y en el amor misericordioso
por los pecadores.
En
la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí
mismo por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual
del futuro sacerdote la educación en la obediencia, en
el celibato y en la pobreza. En este sentido invitaba el Concilio:
«Entiendan con toda claridad los alumnos que su destino
no es el mando ni son los honores, sino la entrega total al servicio
de Dios y al ministerio pastoral. Con singular cuidado edúqueseles
en la obediencia sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el
espíritu de la propia abnegación, de suerte que
se habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que,
aun siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo
crucificado».
La
formación espiritual de quien es llamado a vivir el celibato
debe dedicar una atención particular a preparar al futuro
sacerdote para conocer, estimar, amar y vivir el celibato en su
verdadera naturaleza y en su verdadera finalidad, y, por tanto,
en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales.
Presupuesto y contenido de esta preparación es la virtud
de la castidad, que determina todas las relaciones humanas y lleva
a experimentar y manifestar... un amor sincero, humano, fraterno,
personal y capaz de sacrificios, siguiendo el ejemplo de Cristo,
con todos y con cada uno».
El
celibato de los sacerdotes reviste a la castidad con algunas características
de las cuales ellos, «renunciando a la sociedad conyugal
por el reino de los cielos (cf. Mt 19, 12), se unen al Señor
con un amor indiviso, que está íntimamente en consonancia
con el Nuevo Testamento; dan testimonio de la resurrección
en el siglo futuro (cf. Lc 20, 36) y tienen a mano una ayuda importantísima
para el ejercicio continuo de aquella perfecta caridad que les
capacita para hacerse todo a todos en su ministerio sacerdotal».
En este sentido el celibato sacerdotal no se puede considerar
simplemente como una norma jurídica ni como una condición
totalmente extrínseca para ser admitidos a la ordenación,
sino como un valor profundamente ligado con la sagrada Ordenación,
que configura a Jesucristo, buen Pastor y Esposo de la Iglesia,
y, por tanto, como la opción de un amor más grande
e indiviso a Cristo y a su Iglesia, con la disponibilidad plena
y gozosa del corazón para el ministerio pastoral. El celibato
ha de ser considerado como una gracia especial, como un don que
«no todos entienden..., sino sólo aquéllos
a quienes se les ha concedido» (Mt 19, 11).
Ciertamente
es una gracia que no dispensa de la respuesta consciente y libre
por parte de quien la recibe, sino que la exige con una fuerza
especial. Este carisma del Espíritu lleva consigo también
la gracia para que el que lo recibe permanezca fiel durante toda
su vida y cumpla con generosidad y alegría los compromisos
correspondientes. En la formación del celibato sacerdotal
deberá asegurarse la conciencia del «don precioso
de Dios», que llevará a la oración y la vigilancia
para que el don sea protegido de todo aquello que pueda amenazarlo.
Viviendo
su celibato el sacerdote podrá ejercer mejor su ministerio
en el pueblo de Dios. En particular, dando testimonio del valor
evangélico de la virginidad, podrá ayudar a los
esposos cristianos a vivir en plenitud el «gran sacramento»
del amor de Cristo Esposo hacia la Iglesia su esposa, así
como su fidelidad en el celibato servirá también
de ayuda para la fidelidad de los esposos.
La
importancia y delicadeza de la preparación al celibato
sacerdotal, especialmente en las situaciones sociales y culturales
actuales, han llevado a los Padres sinodales a una serie de cuestiones,
cuya validez permanente está confirmada por la sabiduría
de la madre Iglesia. Las propongo autorizadamente como criterios
que deben seguirse en la formación de la castidad en el
celibato: «Los Obispos, junto con los rectores y directores
espirituales de los seminarios, establezcan principios, ofrezcan
criterios y proporcionen ayudas para el discernimiento en esta
materia. Son de máxima importancia para la formación
de la castidad en el celibato la solicitud del Obispo y la vida
fraterna entre los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su programa
de formación, debe presentarse el celibato con claridad,
sin ninguna ambigüedad y de forma positiva. El seminarista
debe tener un adecuado grado de madurez psíquica y sexual,
así como una vida asidua y auténtica de oración,
y debe ponerse bajo la dirección de un padre espiritual.
El director espiritual debe ayudar al seminarista para que llegue
a una decisión madura y libre, que esté fundada
en la estima de la amistad sacerdotal y de la autodisciplina,
como también en la aceptación de la soledad y en
un correcto estado personal físico y psicológico.
Para ello los seminaristas deben conocer bien la doctrina del
Concilio Vaticano II, la encíclica Sacerdotalis caelibatus
y la Instrucción para la formación del celibato
sacerdotal, publicada por la Congregación para la Educación
Católica en 1974. Para que el seminarista pueda abrazar
con libre decisión el celibato por el Reino de los cielos,
es necesario que conozca la naturaleza cristiana y verdaderamente
humana, y el fin de la sexualidad en el matrimonio y en el celibato.
También es necesario instruir y educar a los fieles laicos
sobre las motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales
propias del celibato sacerdotal, de modo que ayuden a los presbíteros
con la amistad, comprensión y colaboración»
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Formación
intelectual:
inteligencia de la fe
La formación intelectual, aun teniendo su propio carácter
específico, se relaciona profundamente con la formación
humana y espiritual, constituyendo con ellas un elemento necesario;
en efec to, es como una exigencia insustituible de la inteligencia
con la que el hombre, participando de la luz de la inteligencia
divina, trata de conseguir una sabiduría que, a su vez,
se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión.
La
formación intelectual de los candidatos al sacerdocio encuentra
su justificación específica en la naturaleza misma
del ministerio ordenado y manifiesta su urgencia actual ante el
reto de la nueva evangelización a la que el Señor
llama a su Iglesia a las puertas del tercer milenio. «Si
todo cristiano ---afirman los Padres sinodales--- debe estar dispuesto
a defender la fe y a dar razón de la esperanza que vive
en nosotros (cf. 1 Pe 3, 15), mucho más los candidatos
al sacerdocio y los presbíteros deben cuidar diligentemente
el valor de la formación intelectual en la educación
y en la actividad pastoral, dado que, para la salvación
de los hermanos y hermanas, deben buscar un conocimiento más
profundo de los misterios divinos». Además, la situación
actual, marcada gravemente por la indiferencia religiosa y por
una difundida desconfianza en la verdadera capacidad de la razón
para alcanzar la verdad objetiva y universal, así como
por los problemas y nuevos interrogantes provocados por los descubrimientos
científicos y tecnológicos, exige un excelente nivel
de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces
de anunciar ---precisamente en ese contexto--- el inmutable Evangelio
de Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas
exigencias de la razón huma na. Añádase,
además, que el actual fenómeno del pluralismo, acentuado
más que nunca en el ámbito no sólo de la
sociedad humana sino también de la misma comunidad eclesial,
requiere una aptitud especial para el discernimiento crítico:
es un motivo ulterior que demuestra la necesidad de una formación
intelectual más sólida que nunca.
Esta
exigencia «pastoral» de la formación intelectual
confirma cuanto se ha dicho ya sobre la unidad del proceso educativo
en sus varias dimensiones. La dedicación al estudio, que
ocupa una buena parte de la vida de quien se prepara al sacerdocio,
no es precisamente un elemento extrínseco y secundario
de su crecimiento humano, cristiano, espiritual y vocacional;
en realidad, a través del estudio, sobre todo de la teología,
el futuro sacerdote se adhiere a la palabra de Dios, crece en
su vida espiritual y se dispone a realizar su ministerio pastoral.
Es ésta la finalidad múltiple y unitaria del estudio
teológico indicada por el Concilio y propuesta nuevamente
por el Instrumentum laboris del Sínodo con las siguientes
palabras: «Para que pueda ser pastoralmente eficaz, la formación
intelectual debe integrarse en un camino espiritual marcado por
la experiencia personal de Dios, de tal manera que se pueda superar
una pura ciencia nocionística y llegar a aquella inteligencia
del corazón que sabe "ver" primero y es capaz
después de comunicar el misterio de Dios a los hermanos».
Un
momento esencial de la formación intelectual es el estudio
de la filosofía, que lleva a un conocimiento y a una interpretación
más profundos de la persona, de su libertad, de sus relaciones
con el mundo y con Dios. Ello es muy urgente, no sólo por
la relación que existe entre los argumentos filosóficos
y los misterios de la salvación estudiados en teología
a la luz superior de la fe, sino también frente a una situación
cultural muy difundida, que exalta el subjetivismo como criterio
y medida de la verdad. Sólo una sana filosofía puede
ayudar a los candidatos al sacerdocio a desarrollar una conciencia
refleja de la relación constitutiva que existe entre el
espíritu humano y la verdad, la cual se nos revela plenamente
en Jesucristo. Tampoco hay que infravalorar la importancia de
la filosofía para garantizar aquella «certeza de
verdad», la única que puede estar en la base de la
entrega personal total a Jesús y a la Iglesia. No es difícil
entender cómo algunas cuestiones muy concretas ---como
lo son la identidad del sacerdote y su compromiso apostólico
y misionero-- están profundamente ligadas a la cuestión,
nada abstracta, de la verdad: si no se está seguro de la
verdad, ¿cómo se podrá poner en juego la
propia vida y tener fuerzas para interpelar seriamente la vida
de los demás?
La
filosofía ayuda no poco al candidato a enriquecer su formación
intelectual con el «culto de la verdad», es decir,
una especie de veneración amorosa de la verdad, la cual
lleva a reconocer que ésta no es creada y medida por el
hombre, sino que es dada al hombre como don por la Verdad suprema,
Dios; que, aun con limitaciones y a veces con dificultades, la
razón humana puede alcanzar la verdad objetiva y universal,
incluso la que se refiere a Dios y al sentido radical de la existencia;
y que la fe misma no puede prescindir de la razón ni del
esfuerzo de «pensar» sus contenidos, como testimoniaba
la gran mente de Agustín: «He deseado ver con el
entendimiento aquello que he creído, y he discutido y trabajado
mucho».
Para
una comprensión más profunda del hombre y de los
fenómenos y líneas de evolución de la sociedad,
en orden al ejercicio, «encarnado» lo más posible,
del ministerio pastoral, pueden ser de gran utilidad las llamadas
«ciencias del hombre», como la sociología,
la psicología, la pedagogía, la ciencia de la economía
y de la política, y la ciencia de la comunicación
social. Aunque sólo sea en el ámbito muy concreto
de las ciencias positivas o descriptivas, éstas ayudan
al futuro sacerdote a prolongar la «contemporaneidad»
vivida por Cristo. «Cristo, decía Pablo VI, se ha
hecho contemporáneo a algunos hombres y ha hablado su lenguaje.
La fidelidad a Él requiere que continúe esta contemporaneidad».
La
formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se
construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de
la teología. El valor y la autenticidad de la formación
teológica dependen del respeto escrupuloso de la naturaleza
propia de la teología, que los Padres sinodales han resumido
así: «La verdadera teología proviene de la
fe y trata de conducir a la fe». Ésta es la concepción
que constantemente ha enseñado la Iglesia católica
mediante su Magisterio. Ésta es también la línea
seguida por los grandes teólogos, que enriquecieron el
pensamiento de la Iglesia católica a través de los
siglos. Santo Tomás es muy explícito cuando afirma
que la fe es como el habitus de la teología, o sea, su
principio operativo permanente, y que «toda la teología
está ordenada a alimentar la fe».
Por
tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre de
fe. Pero es un creyente que se pregunta sobre su fe (fides quaerens
intellectum), que se pregunta para llegar a una comprensión
más profunda de la fe misma. Los dos aspectos, la fe y
la reflexión madura, están profundamente relacionados
entre sí; precisamente su íntima coordinación
y compenetración es decisiva para la verdadera naturaleza
de la teología, y, por consiguiente, es decisiva para los
contenidos, modalidades y espíritu según los cuales
hay que elaborar y estudiar la sagrada doctrina.
Además,
ya que la fe, punto de partida y de llegada de la teología,
opera una relación personal del creyente con Jesucristo
en la Iglesia, la teología tiene también características
cristológicas y eclesiales intrínsecas, que el candidato
al sacerdocio debe asumir conscientemente, no sólo por
las implicaciones que afectan a su vida personal, sino también
por aquellas que afectan a su ministerio pastoral. Por ser la
fe aceptación de la Palabra de Dios, lleva a un «sí»
radical del creyente a Jesucristo, Palabra plena y definitiva
de Dios al mundo (cf. Heb 1, 1ss.). Por consiguiente, la reflexión
teológica tiene su centro en la adhesión a Jesucristo,
Sabiduría de Dios. La misma reflexión madura debe
considerarse como una participación de la «mente»
de Cristo (cf. 1 Cor 2, 16) en la forma humana de una ciencia
(scientia fidei). Al mismo tiempo la fe introduce al creyente
en la Iglesia y lo hace partícipe de su vida, como comunidad
de fe. En consecuencia, la teología posee una dimensión
eclesial, porque es una reflexión madura sobre la fe de
la Iglesia hecha por el teólogo, que es miembro de la Iglesia.
Estas
perspectivas cristológicas y eclesiales, que son connaturales
a la teología, ayudan a desarrollar en los candidatos al
sacerdocio, además del rigor científico, un grande
y vivo amor a Jesucristo y a su Iglesia: este amor, a la vez que
alimenta su vida espiritual, les sirve de pauta para el ejercicio
generoso de su ministerio. Tal era precisamente la intención
del Concilio Vaticano II, cuando pedía la reforma de los
estudios eclesiásticos, mediante una más adecuada
estructuración de las diversas disciplinas filosóficas
y teológicas para hacer que «concurran armoniosamente
a abrir cada vez más las inteligencias de los alumnos al
misterio de Cristo, que afecta a toda la humanidad, influye constantemente
en la Iglesia y actúa sobre todo por obra del ministerio
sacerdotal».
La
formación intelectual teológica y la vida espiritual
---en particular la vida de oración--- se encuentran y
refuerzan mutuamente, sin quitar por ello nada a la seriedad de
la investigación ni al gusto espiritual de la oración.
San Buenaventura advierte: «Nadie crea que le baste la lectura
sin la unción, la especulación sin la devoción,
la búsqueda sin el asombro, la observacion sin el júbilo,
la actividad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia
sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, la investigación
sin la sabiduría de la inspiración sobrenatural».
54.
La formación teológica es una tarea sumamente compleja
y comprometida. Ella debe llevar al candidato al sacerdocio a
poseer una visión completa y unitaria de las verdades reveladas
por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia;
de ahí la doble exigencia de conocer «todas»
las verdades cristianas y conocerlas de manera orgánica,
sin hacer selecciones arbitrarias. Esto exige ayudar al alumno
a elaborar una síntesis que sea fruto de las aportaciones
de las diversas disciplinas teológicas, cuyo carácter
específico alcanza auténtico valor sólo en
la profunda coordinación de todas ellas.
En
su reflexión madura sobre la fe, la teología se
mueve en dos direcciones. La primera es la del estudio de la Palabra
de Dios: la palabra escrita en el Libro sagrado, celebrada y transmitida
en la Tradición viva de la Iglesia e interpretada auténticamente
por su Magisterio. De aquí el estudio de la Sagrada Escritura,
«la cual debe ser como el alma de toda la teología»:
de los Padres de la Iglesia y de la liturgia, de la historia eclesiástica,
de las declaraciones del Magisterio. La segunda dirección
es la del hombre, interlocutor de Dios: el hombre llamado a «creer»,
a «vivir» y a «comunicar» a los demás
la fides y el ethos cristiano. De aquí el estudio de la
dogmática, de la teología moral, de la teología
espiritual, del derecho canónico y de la teología
pastoral.
La
referencia al hombre creyente lleva la teología a dedicar
una particular atención, por un lado, a las consecuencias
fundamentales y permanentes de la relación fe-razón;
por otro, a algunas exigencias más relacionadas con la
situación social y cultural de hoy. Bajo el primer punto
de vista se sitúa el estudio de la teología fundamental,
que tiene como objeto el hecho de la revelación cristiana
y su transmisión en la Iglesia. En la segunda perspectiva
se colocan aquellas disciplinas que han tenido y tienen un desarrollo
más decisivo como respuestas a problemas hoy intensamente
vividos, como por ejemplo el estudio de la doctrina social de
la Iglesia, que «pertenece al ámbito... de la teología
y especialmente de la teología moral», y que es uno
de los «componentes esenciales» de la «nueva
evangelización», de la que es instrumento; igualmente
el estudio de la misión, del ecumenismo, del judaísmo,
del Islam y de otras religiones no cristianas.
La
formación teológica actual debe prestar particular
atención a algunos problemas que no pocas veces suscitan
dificultades, tensiones, desorientación en la vida de la
Iglesia. Piénsese en la relación entre las declaraciones
del Magisterio y las discusiones teológicas; relación
que no siempre se desarrolla como debería ser, o sea, en
la perspectiva de la colaboración. Ciertamente «el
Magisterio vivo de la Iglesia y la teología ---aun desempeñado
funciones diversas--- tienen en definitiva el mismo fin: mantener
al Pueblo de Dios en la verdad que hace libres y hacer de él
la "luz de las naciones". Dicho servicio a la comunidad
eclesial pone en relación recíproca al teólogo
con el Magisterio. Este último enseña auténticamente
la doctrina de los Apóstoles y, sacando provecho del trabajo
teológico, replica a las objeciones y deformaciones de
la fe, proponiendo además, con la autoridad recibida de
Jesucristo, nuevas profundizaciones, explicitaciones y aplicaciones
de la doctrina revelada. La teología, en cambio, adquiere,
de modo reflejo, una comprensión cada vez más profunda
de la Palabra de Dios, contenida en la Escritura y transmitida
fielmente por la Tradición viva de la Iglesia bajo la guía
del Magisterio, a la vez que se esfuerza por aclarar esta enseñanza
de la Revelación frente a las instancias de la razón
y le da una forma orgánica y sistemática».
Pero cuando, por una serie de motivos, disminuye esta colaboración,
es preciso no prestarse a equívocos y confusiones, sabiendo
distinguir cuidadosamente «la doctrina común de la
Iglesia, de las opiniones de los teólogos y de las tendencias
que se desvanecen con el pasar del tiempo (las llamadas "modas")».
No existe un magisterio «paralelo», porque el único
magisterio es el de Pedro y los apóstoles, el del Papa
y los Obispos.
Otro
problema, que se da principalmente donde los estudios seminarísticos
están encomendados a instituciones académicas, se
refiere a la relación entre el rigor científico
de la teología y su aplicación pastoral, y, por
tanto, la naturaleza pastoral de la teología. En realidad,
se trata de dos características de la teología y
de su enseñanza que no sólo no se oponen entre sí,
sino que coinciden, aunque sea bajo aspectos diversos, en el plano
de una más completa «inteligencia de la fe».
En efecto, el caracter pastoral de la teología no significa
que ésta sea menos doctrinal o incluso que esté
privada de su carácter científico; por el contrario,
significa que prepara a los futuros sacerdotes para anunciar el
mensaje evangélico a través de los medios culturales
de su tiempo y a plantear la acción pastoral según
una auténtica vision teológica. Y así, por
un lado, un estudio respetuoso del carácter rigurosamente
científico de cada una de las disciplinas teológicas
contribuirá a la formación más completa y
profunda del pastor de almas como maestro de la fe; por otro lado,
una adecuada sensibilidad en su aplicación pastoral hará
que sea el estudio serio y científico de la teología
verdaderamente formativo para los futuros presbíteros.
Un
problema ulterior nace de la exigencia ---hoy intensamente sentida---
de la evangelización de las culturas y de la inculturación
del mensaje de la fe. Es éste un problema eminentemente
pastoral, que debe ser incluido con mayor amplitud y particular
sensibilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio:
«En las actuales circunstancias, en que en algunas regiones
del mundo la religión cristiana se considera como algo
extraño a las culturas, tanto antiguas como modernas, es
de gran importancia que en toda la formación intelectual
y humana se considere necesaria y esencial la dimensión
de la inculturación. Pero esto exige previamente una teología
auténtica, inspirada en los principios católicos
sobre esa inculturación. Estos principios se relacionan
con el misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con
la antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico
de la inculturación; ésta, ante las culturas más
dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes
del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar
el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines
de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple
adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio
penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando
sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida
cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación,
que proviene de Cristo. El problema de esta inculturación
puede tener un interés específico cuando los candidatos
al sacerdocio provienen de culturas autóctonas; entonces,
necesitarán métodos adecuados de formación,
sea para superar el peligro de ser menos exigentes y desarrollar
una educación más débil de los valores humanos,
cristianos y sacerdotales, sea para revalorizar los elementos
buenos y auténticos de sus culturas y tradiciones».
56.
Siguiendo las enseñanzas y orientaciones del Concilio Vaticano
II y las normas de aplicación de la Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis, ha tenido lugar en la Iglesia una
amplia actualización de la enseñanza de las disciplinas
filosóficas y, sobre todo, teológicas en los seminarios.
Aun necesitando en algunos casos ulteriores enmiendas o desarrollos,
esta actualización ha contribuido en su conjunto a destacar
cada vez más el proyecto educativo en el ámbito
de la formación intelectual. A este respecto, «los
Padres sinodales han afirmado de nuevo, con frecuencia y claridad,
la necesidad --- más aún, la urgencia--- de que
se aplique en los seminarios y en las casas de formación
el plan fundamental de estudios, tanto el universal como el de
cada nación o Conferencia episcopal».
Es
necesario contrarrestar decididamente la tendencia a reducir la
seriedad y el esfuerzo en los estudios, que se deja sentir en
algunos ambientes eclesiales, como consecuencia de una preparación
básica insuficiente y con lagunas en los alumnos que comienzan
el período filosófico y teológico. Esta misma
situación contemporánea exige cada vez más
maestros que estén realmente a la altura de la complejidad
de los tiempos y sean capaces de afrontar, con competencia, claridad
y profundidad los interrogantes vitales del hombre de hoy, a los
que sólo el Evangelio de Jesús da la plena y definitiva
respuesta.
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La
formación pastoral:
comunicar la caridad de Jesucristo, buen Pastor
Toda
la formación de los candidatos al sacerdocio está
orientada a prepararlos de una manera específica para comunicar
la caridad de Cristo, buen Pastor. Por tanto, esta formación,
en sus diversos aspectos, debe tener un carácter esencialmente
pastoral. Lo afirma claramente el decreto conciliar Optatam totius,
refiriéndose a los seminarios mayores: «La educación
de los alumnos debe tender a la formación de verdaderos
pastores de las almas, a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo,
Maestro, Sacerdote y Pastor. Por consiguiente, deben prepararse
para el ministerio de la Palabra: para comprender cada vez mejor
la palabra revelada por Dios, poseerla con la meditación
y expresarla con la palabra y la conducta; deben prepararse para
el ministerio del culto y de la santificación, a fin de
que, orando y celebrando las sagradas funciones litúrgicas,
ejerzan la obra de salvación por medio del sacrificio eucarístico
y los sacramentos; deben prepararse para el ministerio del Pastor:
para que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que
"no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para
redención del mundo" (Mc 10, 45; cf. Jn 13, 12-17),
y, hechos servidores de todos, ganar a muchos (cf. 1 Cor 9,19)».
El
texto conciliar insiste en la profunda coordinación que
hay entre los diversos aspectos de la formación humana,
espiritual e intelectual; y, al mismo tiempo, en su finalidad
pastoral específica. En este sentido, la finalidad pastoral
asegura a la formación humana, espiritual e intelectual
algunos contenidos y características concretas, a la vez
que unifica y determina toda la formación de los futuros
sacerdotes.
Como
cualquier otra formación, también la formación
pastoral se desarrolla mediante la reflexión madura y la
aplicación práctica, y tiene sus raíces profundas
en un espíritu que es el soporte y la fuerza impulsora
y de desarrollo de todo.
Por
tanto, es necesario el estudio de una verdadera y propia disciplina
teológica: la teología pastoral o práctica,
que es una reflexión científica sobre la Iglesia
en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través
de la historia; una reflexión, sobre la Iglesia como «sacramento
universal de salvación», como signo e instrumento
vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los
Sacramentos y en el servicio de la caridad. La pastoral no es
solamente un arte ni un conjunto de exhortaciones, experiencias
y métodos; posee una categoría teológica
plena, porque recibe de la fe los principios y criterios de la
acción pastoral de la Iglesia en la historia, de una Iglesia
que «engendra» cada día a la Iglesia misma,
según la feliz expresión de San Beda el Venerable:
«Nam et Ecclesia quotidie gignit Ecclesiam». Entre
estos principios y criterios se encuentra aquel especialmente
importante del discernimiento evangélico sobre la situación
sociocultural y eclesial, en cuyo ámbito se desarrolla
la acción pastoral.
El
estudio de la teología pastoral debe iluminar la aplicación
práctica mediante la entrega y algunos servicios pastorales,
que los candidatos al sacerdocio deben realizar, de manera progresiva
y siempre en armonía con las demás tareas formativas;
se trata de «experiencias» pastorales, que han de
confluir en un verdadero «aprendizaje pastoral», que
puede durar incluso algún tiempo y que requiere una verificación
de manera metódica.
Mas
el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente interior,
que la formación deberá custodiar y valorarizar:
se trata de la comunión cada vez más profunda con
la caridad pastoral de Jesús, la cual, así como
ha sido el principio y fuerza de su acción salvífica,
también, gracias a la efusión del Espíritu
Santo en el sacramento del Orden, debe ser principio y fuerza
del ministerio del presbítero. Se trata de una formación
destinada no sólo a asegurar una competencia pastoral científica
y una preparación práctica, sino también,
y sobre todo, a garantizar el crecimiento de un modo de estar
en comunión con los mismos sentimientos y actitudes de
Cristo, buen Pastor: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos
que Cristo» (Flp 2, 5).
Entendida
así, la formación pastoral no puede reducirse a
un simple aprendizaje, dirigido a familiarizarse con una técnica
pastoral. El proyecto educativo del seminario se encarga de una
verdadera y propia iniciación en la sensibilidad del pastor,
a asumir de manera consciente y madura sus responsabilidades,
en el hábito interior de valorar los problemas y establecer
las prioridades y los medios de solución, fundados siempre
en claras motivaciones de fe y según las exigencias teológicas
de la pastoral misma.
A
través de la experiencia inicial y progresiva en el ministerio,
los futuros sacerdotes podrán ser introducidos en la tradición
pastoral viva de su Iglesia particular; aprenderán a abrir
el horizonte de su mente y de su corazón a la dimensión
misionera de la vida eclesial; se ejercitarán en algunas
formas iniciales de colaboración entre sí y con
los presbíteros a los cuales serán enviados. En
estos últimos recae ---en coordinación con el programa
del seminario--- una responsabilidad educativa pastoral de no
poca importancia.
En
la elección de los lugares y servicios adecuados para la
experiencia pastoral se debe prestar especial atención
a la parroquia, célula vital de dichas experiencias sectoriales
y especializadas, en la que los candidatos al sacerdocio se encontrarán
frente a los problemas inherentes a su futuro ministerio. Los
Padres sinodales han propuesto una serie de ejemplos concretos,
como la visita a los enfermos, la atención a los emigrantes,
exiliados y nómadas, el celo de la caridad que se traduce
en diversas obras sociales. En particular dicen: «Es necesario
que el presbítero sea testigo de la caridad de Cristo mismo
que «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38); el
presbítero debe ser también el signo visíble
de la solicitud de la Iglesia, que es Madre y Maestra. Y puesto
que el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias,
especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana,
a la violencia ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre
de Dios, bien preparado para toda obra buena (cf. 2 Tim 3, 17),
reivindique los derechos y la dignidad del hombre. Pero evite
adherirse a falsas ideologías y olvidar, cuando trata de
promover el bien, que el mundo es redimido sólo por la
cruz de Cristo».
El
conjunto de estas y de otras actividades pastorales educa al futuro
sacerdote a vivir como «servicio» la propia misión
de «autoridad» en la comunidad, alejándose
de toda actitud de superioridad o ejercicio de un poder que no
esté siempre y exclusivamente justificado por la caridad
pastoral.
Para
una adecuada formación es necesario que las diversas experiencias
de los candidatos al sacerdocio asuman un claro carácter
«ministerial», siempre en íntima conexión
con todas las exigencias propias de la preparación al presbiterado
y (por supuesto, sin menoscabo del estudio) relacionadas con el
triple servicio de la Palabra, del culto y de presidir la comunidad.
Estos servicios pueden ser la traducción concreta de los
ministerios del Lectorado, Acolitado y Diaconado.
Ya
que la actividad pastoral está destinada por su naturaleza
a animar la Iglesia, que es esencialmente «misterio»,
«comunión», y «misión»,
la formación pastoral deberá conocer y vivir estas
dimensiones eclesiales en el ejercicio del ministerio.
Es
fundamental el ser conscientes de que la Iglesia es «misterio»,
obra divina, fruto del Espíritu de Cristo, signo eficaz
de la gracia, presencia de la Trinidad en la comunidad cristiana;
esta conciencia, a la vez que no disminuirá el sentido
de responsabilidad propio del pastor, lo convencerá de
que el crecimiento de la Iglesia es obra gratuita del Espíritu
y que su servicio ---encomendado por la misma gracia divina a
la libre responsabilidad humana--- es el servicio evangélico
del «siervo inútil» (cf. Lc 17, 10).
En
segundo lugar, la conciencia de la Iglesia como «comunión»
ayudará al candidato al sacerdocio a realizar una pastoral
comunitaria, en colaboración cordial con los diversos agentes
eclesiales: sacerdotes y Obispo, sacerdotes diocesanos y religiosos,
sacerdotes y laicos. Pero esta colaboración supone el conocimiento
y la estima de los diversos dones y carismas, de las diversas
vocaciones y responsabilidades que el Espíritu ofrece y
confía a los miembros del Cuerpo de Cristo; requiere un
sentido vivo y preciso de la propia identidad y de la de las demás
personas en la Iglesia; exige mutua confianza, paciencia, dulzura,
capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo
en un amor a la Iglesia más grande que el amor a sí
mismos y a las agrupaciones a las cuales se pertenece. Es especialmente
importante preparar a los futuros sacerdotes para la colaboración
con los laicos. «Oigan de buen grado ---dice el Concilio---
a los laicos, considerando fraternalmente sus deseos y reconociendo
su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad
humana, a fin de que, juntamente con ellos, puedan conocer los
signos de los tiempos». El Sínodo ha insistido también
en la atención pastoral a los laicos: «Es necesario
que el alumno sea capaz de proponer y ayudar a vivir a los fieles
laicos, especialmente los jóvenes, las diversas vocaciones
(matrimonio, servicios sociales, apostolado, ministerios y responsabilidades
en las actividades pastorales, vida consagrada, dirección
de la vida política y social, investigación científica,
enseñanza). Sobre todo es necesario enseñar y ayudar
a los laicos en su vocación de impregnar y transformar
el mundo con la luz del Evangelio, reconociendo su propio cometido
y respetándolo».
Por
último, la conciencia de la Iglesia como comunión
«misionera» ayudará al candidato al sacerdocio
a amar y vivir la dimensión misionera esencial de la Iglesia
y de las diversas actividades pastorales; a estar abierto y disponible
para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del
Evangelio, sin olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar
al respecto los medios de comunicación social; y a prepararse
para un ministerio que podrá exigirle la disponibilidad
concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviado
a predicar el Evangelio fuera de su país.